Apéndice 2: “La historia del hombre que se volvió loco”


No sé si habréis escuchado alguna vez esta historia, he de decir que es poco conocida. Vivió una vez, no importa la época, un hombre que a primera vista podría parecer normal. Este hombre habitaba en una montaña no muy alta y vivía como un completo ermitaño sin jamás bajar a la población y siempre persistiendo por su cuenta. Este hombre había dejado atrás su vida y sus aspiraciones vitales y se encontraba simplemente viviendo el día a día sin motivación alguna. En el pasado este hombre fue alguien afable, cariñoso, bondadoso y muy social que incluso tenía varias mascotas y varias amistades en el pueblo. Los habitantes del pueblo cuentan que un día, de la noche a la mañana, este hombre decidió sin dar ninguna explicación que se iría a vivir al monte por el resto de su vida. Él jamás negaba ninguna visita de su familia, pero sus familiares más ancianos fueron muriendo y los más jóvenes o dejaron de intentar contactar con él o se marcharon de ese pueblo en busca de mejores oportunidades. Este hombre no es que se negara a hablar con nadie del pueblo, ni mucho menos, siempre que alguien necesitado pasaba por su posada él no tenía ningún inconveniente en ayudarle, pero jamás intentaba establecer relaciones profundas de afecto y poco a poco se fue quedando más y más solo. Cuentan los habitantes de ese pueblo que si te acercabas a su hogar a cierta hora de la noche siempre te lo encontrarías cantando la misma canción, una y otra vez cada noche. Era una canción que fue popular en el pueblo en su momento y era bastante pegadiza, bastante comercial, no es que fuera un rito tribal ni ningún mantra ni nada que hiciera más verosímil el hecho de que la cantaba cada noche a la misma hora. Los habitantes del pueblo sabían de la condición de esta persona, y entre que dejó de interactuar con todo el mundo de la noche a la mañana y que repetía cada noche la misma canción tonta a la misma hora le empezaron a poner apodos de todo tipo y a llamarle de todas las formas posibles. Y era un gran misterio el por qué este hombre tomó esa decisión, muchos habitantes le preguntaron el por qué lo hizo pero él siempre desviaba el tema y no contestaba. Tuvieron que esperar a que muriera para leer la carta que dejó en su posada la noche antes de perecer. la carta decía así:


 “Ante todo, quiero pedir perdón por mi comportamiento y por todo el dolor que le hayan podido causar mis decisiones a mis seres queridos. Considero que ellos se merecen una explicación de mis acciones y por eso escribo esta carta.


Lo que van a leer a continuación es algo que siempre me ha atormentado desde aquella noche y que por vergüenza y pudor jamás me he atrevido a confesar. Me vuelvo a disculpar por mi cobardía y por mi falta de valentía.


Aquella noche, la noche que decidí desaparecer, fue una noche tranquila. Sin viento, sin ruido y sin nadie en mi casa más que yo. Esa tarde había vuelto pronto de una reunión familiar y decidí sentarme a descansar después de toda la semana que llevaba de trabajo. Serían las 7 de la tarde de un día de perfecto verano, y me senté a descansar. Me notaba especialmente cansado aquella tarde pero sin embargo no era capaz de conciliar el sueño. Llevaba todo ese día con una canción metida en la cabeza, porque era bastante pegadiza y se escuchaba mucho por el pueblo esos días, pero bueno, era una canción agradable y no me importaba demasiado tenerla incrustada en la cabeza. Progresivamente, durante el tiempo que permanecía sentado en silencio, noté que mis pulsaciones aumentaban y aumentaban, a un ritmo muy lento pero muy constante. En aquel momento comencé a pensar en todo lo que estaba ocurriendo en mi vida en esos días. Estaba enamorado de una muchacha que vivía allí, íbamos juntos a muchos sitios pero nunca me atrevía a hablarla, pero el corazón se me salía del pecho cada vez que cruzaba miradas con ella o me hablaba por alguna razón. Supongo que recordarla contribuyó bastante a que me aumentara el ritmo cardíaco. Era un amor platónico, inocente, nunca me había ocurrido antes con nadie, al menos no en ese grado. Aparte de ello también comencé a preguntarme quién era yo, quién quería ser. Siempre me había tenido en muy alta estima y consideraba que era capaz de hacer todo aquello que me propusiese, y estaba en una etapa en la que tenía que elegir qué proponerme. Los latidos continuaron aumentando esa tarde, los pelos comenzaron a erizarse y empecé a temblar. Cerré los ojos. De repente con mis ojos cerrados empecé a observar círculos de colores entre el verde y el magenta oscuro que se iban haciendo más y más pequeños, como si se estuvieran alejando de mí y vinieran otros nuevos a reemplazarlos. mi corazón latía más y más fuerte, confluyeron a la vez tanto la canción pegadiza como el amor por la muchacha, mis expectativas de vida y un entorno relajado y sin ningún ruido. Lo que sentí a continuación no se como describirlo. Esos círculos/elipses se iban haciendo cada vez más visibles, mi corazón se estabilizó en el ritmo más alto y con más fuerza y cada parte de mi cuerpo empezó a temblar. Lloré y lloré, sonreí y sonreí. Me había comenzado a volver loco. Noté una sensación dentro de mi de máxima felicidad y desahogo, una que no había notado en mi vida. Fue lo opuesto a una experiencia traumática pero que hoy en día, siento decir que sigo sin entender. Mí única explicación es que alguien allí arriba se equivocó y por error llegué y toqué el cielo, cuando aún no era mi hora de llegar. Debe ser que eso siente una persona cuando su alma se despoja de su cuerpo, paz y amor. Y que alguien superior, un ángel, vio en mí esa misma sensación y se pensó que era porque había muerto, y decidió ascenderme brevemente al cielo hasta que se dio cuenta de su error. Una vez que sentí aquello nada terrenal me podía hacer sentir ni una fracción de aquello, de hecho por comparación me empecé a volver apático hasta el punto de obsesionarme con simplemente poder volver a tocar el cielo una vez más. Por esa razón me alejé a un lugar tranquilo y cada tarde estaba horas recitando esa misma canción, pensando en la misma muchacha y sobre mi futuro y esperando que esos círculos volvieran a aparecer. Pero me era imposible, el amor por la muchacha se volvió una simple caricia en comparación con llegar al cielo, y ya nunca más pude sentir esa sensación en mi pecho al completo. Esa puerta se me cerró para siempre. Pero no podía volver al pueblo, nadie me iba a creer y, lo peor de todo, nada jamás volvería a hacerme feliz otra vez.

 Perdón, de verdad.”



Y bueno, ahora entendéis por qué le llamaban “el loco".


Comentarios