Andaba un viejo anciano por dentro de una cueva, con larga barba gris y hábito de monje. Sostenía una lámpara de aceite que dejaba vislumbrar las paredes de la cueva. En las cavidades de la gruta se observaban grabados en una escritura desconocida para los mortales, a simple vista podría parecer una mezcla entre cuneiforme y hangul, con gran belleza visual si me permitís aportar. Cada centímetro cuadrado de esa cueva contenía escritos en tinta, podría decirse que era un libro hecho gruta. La tinta era negra como el petróleo y la luz de la lámpara muy tenue.
El anciano era completamente ciego de un ojo y poseía grandes cataratas en el segundo, Su carne y alma estaban ya completamente erosionadas por el tiempo. Andaba hacia las profundidades de la cueva, únicamente guiado por un sonido, “Mamá, ese hombre está cada vez más cerca”. Ese sonido comenzó a mostrarse en la conciencia del anciano una vez encontró la cueva, y sinceramente, él no comprendía qué significaba. El anciano no veía a nadie que pudiera estar emitiendo esa voz, simplemente estaba solo. Pero cuanto más se adentraba en la gruta más preocupante era el murmullo, “Mamá, por qué se está acercando ese hombre?, mamá?”. Todo eran preguntas, como siempre es.
El monje continuó su andanza, hasta que se topó con una anomalía, un cúmulo espiral brillante que contenía texto escrito en el idioma de las paredes. Era de un color azul celeste, brillante como una luciérnaga. Centenares de caracteres desplazándose en espiral como si el viento se los estuviera llevando. El llanto era cada vez más intenso, “Qué haces aquí?, quién eres, dónde está mamá?”. El anciano comprendió perfectamente que fuera lo que fuera aquello, que difícilmente podía ver debido a sus problemas de visión, merecía todo su respeto pues le abrumaba la energía que desprendía. En ese momento se postró ante aquel ente compuesto de ideogramas con una reverencia. Ninguno de los dos entendía qué estaba ocurriendo en aquella gruta, pero ambos comprendían que estaban haciendo lo correcto.
Los textos de la gruta empezaron a brillar, en azul celeste por supuesto. El hábito del monje se comenzó a descoser, desintegrándose cada hilo que lo formaba, hasta que el anciano se quedó totalmente cegado por el brillo y desnudo. Perdió su memoria en aquel momento, no la necesitaba, pues nunca más volvería a ser sólo él.
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